Me despierto. El sueño sigue sin salir de mis extremidades y de mi cabeza. Un sentimiento extraño me sobreviene. Parece que la gravedad ha dejado de existir. Creo volar. La manta es mi ala, el cojín es el viento que me impulsa y el colchón parece la nube en la que vivo cuando no estoy sobre la Tierra.
Un ruido me hace caer apruptamente de la nube en la que me había posado para descansar del vuelo. ¡El puto despertador! ¿Quién le mandaría a tocar a estas horas? Con un esfuerzo sobrehumano me despego de la almohada y siento el mareo de la gravedad. Sin la gravedad, no sufririamos tantos mareos. Es una simple cuestión de biologia. Pero no es tan simple vivir sin gravedad. Es por eso que tenemos que volver del país de los sueños. Sin gravedad, no hay posibilidad alguna de tocar fondo. La filosofía fracasa cuando no hay sistema de referencia y sin gravedad no hay sistema de referencia.
Las primeras horas de la mañana son las peores. Es imposible que el cerebro no se llene de pensamiento abstractos e incoherentes. Es la influencia del "mundo de la anarquia", del mundo de los sueños, del mundo en el que no existen limites. La cabeza se llena hasta tal punto, que quiere reventar y adquiere un peso que no corresponde a la ligereza anterior.
Cabízbajo me levanto y camino lentamente hacia la puerta del cuarto de baño, pareciendo más un zombi que una persona "normal". Una idea sigue a la otra como el fuego de una ametralladora, dejando el mismo rastro de destrucción entre mis neuronas. Llego a la puerta, la abro y entro.
Lo primero que hago es vaciar mi vejiga. No tengo ni idea por que se llena tanto durante la noche, si no bebo mientras duermo. A lo mejor es por eso que no salimos volando mientras dormimos. Al terminar siento un poco de esa ligereza que daba por perdida.
Sigo intentando organizar mi mente, pero no lo consigo. Entro en la ducha. Abro el agua. Veo caer las primeras gotas en cámara lenta. Mis pensamientos se aceleran. Cada vez más salen disparados de mi red neuronal. Saben que están condenadas a perecer en cuanto la primera gota toque mi piel. El agua toca mi cuerpo. Todo vuelve a acelerarse, todo parece querer recuperar el tiempo que estaba ralentizado. Las ideas desaparecen sin dejar rastro aparente.
Pero la despedida no duele porque sabemos que volverán. Siempre vuelven.