Mr. Mungo and his lonely heart
"¿Sabes lo qué es una mangosta?", le preguntó. Le miró a los ojos mientras alzaba su copa para tomar un largo trago. El alcohol entró en su cuerpo, quemando cualquier cosa que se interpusiera entre sí y su sangre. No hizo mueca, saboreando en silencio el fuego interior y la ligera sensación de mareo que le provocaba el trago. "Una mangosta es una cazadora. Caza animales más grandes y peligrosos que ella misma." Ella murmuró algo, pero le pareció de poca importancia. "Tus ojos. Son tus ojos. ¿Alguna vez te han dicho que parecen ojos de serpiente? Hermosos y letales al mismo tiempo, que hipnotizan a quien los mira." Se rió. Se rió con una risa como una brisa que pasa por el desierto - refresca sólo un momento, sólo para que el calor vuelva con más fuerza que antes. Se quedó quieto para observarla de nuevo. No le importaba que supiese que le parecía atractiva. Al contrario, quería que lo supiese. Para sus adentros se preguntaba si iba a tener éxito. Ella se soltó el pelo y agitó ligeramente la cabeza, permitiendo cazar una ínfima nota de su fragancia. "Muchos depredadores atraen a sus presas con aromas, ¿sabes? Pero hasta el final no se sabe quien caza y quien cae." Intentó mirarle a los ojos para ver su reacción, pero ella apartó la mirada, ocultando sus intenciones. Volvió a tomar un trago, más largo que el primero. "Hay especies que esperan a su presa durante días, incluso semanas. Se toman todo el tiempo necesario para saborear la caza." El alcohol volvía a su interior y disfrutaba cada vez más de lo que hacía. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se había sentido tan libre. La volvió a mirar, no podía apartar su mirada de ella. Parecía sonreír por dentro, como riéndose de algo que solamente podía ver ella. La observó mientras ella bebía un poco de su copa; cómo los tragos bajaban por la garganta y hacían saltar ese esbelto cuello blanco mientras fijaba su mirada en algo situado detrás del plano de esta existencia. Siguió las finas líneas del cuello hasta sus pechos, que parecían irradiar una luz propia, que no era de este mundo. Sentía el calor de esa luz y la disfrutaba. "Nuestras piernas no están hechas para correr" le dijo, mientras se inclinaba para tocar las suyas."Estas finas líneas esculpidas en mármol no nos sirven para lo que fueron ideadas". El tacto de su piel. El tacto. De. Su. Piel. Nunca había tocado nada parecido. Se estremeció. Retiró la mano y comprobó que no le había molestado. Era como si hubiera tocado una nube sólida, hecha de seda. No tenía peso propio. No tenía resistencia. Era perfecta. Tomó otro trago para ocultar su excitación y para aclarar sus pensamientos. Aun era consciente de todo lo que pasaba a su alrededor, incluso notaba sus sentidos sensibilizados. No debía perder el control. No ahora. Ella se inclinó hacía él. Su cabello se desparramaba como aceite en la luz del Sol y su fragancia le nubló los sentidos. Sentía los pulsos de calor que emitía su cuerpo, llamándole, prometiéndole el paraíso. Su boca se acercó a su oreja. Ya había visto su boca antes, pero no de tan cerca. Le pareció que iba a desvanecer. Era una composición exquisita, rozando la perfección - incluso sobrepasándola, de curvas y finas líneas rectas. De pronto, le susurró. Sabía que era su perdición. Era una sirena. La voz perfecta. Un timbre templado. Un tono sensual. Una cadencia hermosa. No era la mangosta. No era el tiburón. No. Él no cazaba. Él era la presa que ingenuamente había caído en la trampa. Se había ofrecido al sacrificio. Y ya no le importaba.
